Es una sensación que se repite desde hace siglos. Nuestros abuelos pensaban que su juventud había sido mejor, nuestros padres probablemente opinen lo mismo de la suya y, dentro de unas décadas, es muy posible que las generaciones actuales hagan exactamente lo mismo.
Una de las razones es la nostalgia. Con el paso del tiempo tendemos a recordar con más intensidad los buenos momentos y a minimizar las dificultades que vivimos. La memoria no es un archivo perfecto; selecciona y suaviza los recuerdos, haciendo que el pasado parezca más sencillo y feliz de lo que realmente fue.
También influye el cambio social. Cada generación crece con unas costumbres, una forma de comunicarse y unos valores diferentes. Cuando aparecen nuevas maneras de vivir, es normal compararlas con aquello que conocemos y pensar que lo anterior era mejor simplemente porque nos resulta familiar.
Además, cada generación ha afrontado retos distintos. Unos crecieron con menos tecnología, pero más estabilidad; otros con más oportunidades de información, pero también con mayor incertidumbre económica o social. Compararlas como si hubieran vivido las mismas circunstancias suele llevar a conclusiones injustas.
La realidad es que ninguna generación ha sido perfecta ni superior a otra. Todas han aportado avances, cometido errores y tenido que adaptarse a los cambios de su época. Quizá la clave no esté en decidir cuál fue la mejor, sino en aprender unas de otras. Porque el progreso de una sociedad no depende de una sola generación, sino de la suma de la experiencia de quienes estuvieron antes y de las ideas de quienes vienen detrás.



