O Cincuenta e Seis: el tesoro de una buena mesa y las razones para volver

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Hay restaurantes que uno recomienda cuando le preguntan dónde comer. Otros aparecen en la conversación sin que nadie haya preguntado, porque nos gusta compartir aquello que nos hace bien. O Cincuenta e Seis, en Lugo, pertenece para mí a esa segunda categoría.

Entre mis sitios favoritos hay lugares muy distintos, pero todos tienen algo en común: personas que se implican en lo que hacen y consiguen que ese cuidado llegue hasta quien se sienta a la mesa. Aquí tienen nombre propio: Antonio y Yolanda.

Son atentos, cercanos y capaces de crear ese ambiente familiar que tanto agradezco en un restaurante. Se está a gusto con ellos. Puedes preguntar, dejarte aconsejar y disfrutar de la comida con la tranquilidad de sentirte bien recibido. Algo que parece sencillo, pero que tiene mucho valor.

Después llega la cocina y confirma que hemos elegido bien.

Un bacalao que merece la visita

Si tuviera que señalar uno de los grandes motivos para acercarse a O Cincuenta e Seis, empezaría por el bacalao. Tanto a la portuguesa como al ajoarriero, es una exquisitez.

El bacalao exige oficio. Hay que conocerlo, respetar sus tiempos y encontrar ese punto en el que conserva toda su personalidad sin perder delicadeza. Es un producto que admite muchas preparaciones, aunque ninguna puede esconder una mala ejecución.

Aquí merece ocupar el centro de la mesa. Son dos maneras distintas de disfrutarlo y dos buenas razones para volver: elegir una deja pendiente la otra.

A su lado está el cocido gallego, otro de los platos que destacaría sin dudar. Un cocido tiene algo de celebración, de mesa compartida, de conversación que se alarga porque aún queda mucho por disfrutar. Forma parte de nuestra memoria y, por eso, también le exigimos tanto: cada uno guarda dentro el recuerdo de alguno que parecía insuperable.

El de O Cincuenta e Seis merece hacerse un sitio en esa memoria. Es de esos platos que recuerdan cuánto placer puede haber en una cocina que conoce bien sus raíces.

La carta ofrece también carnes a la brasa, entre las que recomiendo la pata de cordero (por encargo), y una propuesta de cocina gallega que permite encontrar buenos motivos para sentarse a comer más allá de esas dos especialidades. Además, por encargo, se puede consultar casi cualquier antojo. Esa disposición a escuchar lo que desea el cliente también dice mucho de una casa.

Una bodega para detenerse

Pero O Cincuenta e Seis guarda un tesoro que merece un capítulo propio: su bodega.

Por calidad y variedad, la considero una de las mejores vinotecas de la provincia. Hay tal cantidad de opciones que, cuando uno busca un vino y no lo encuentra aquí, empieza a sospechar que tampoco será fácil encontrarlo en otro lugar de Lugo.

Es una de esas bodegas que despiertan curiosidad. Invitan a salir de la referencia habitual, a descubrir una botella desconocida o a reencontrarse con un vino que ya nos había dejado un buen recuerdo.

Aunque su mayor riqueza necesita una voz que la explique. Ahí aparece Antonio.

Su conocimiento del vino es uno de los grandes valores del restaurante. Escucharlo y dejarse aconsejar por él forma parte de la experiencia. Sabe orientar la elección, atender a los gustos de quien tiene delante y ayudar a encontrar una botella que acompañe bien lo que vamos a comer.

Yo valoro mucho ese criterio. El conocimiento se aprecia cuando resulta útil: cuando una recomendación acierta, cuando una explicación ayuda a entender y cuando uno disfruta de algo que quizá nunca habría elegido por su cuenta.

Una bodega así puede convertir una buena comida en un descubrimiento. Con Antonio, además, ese descubrimiento tiene la cercanía de una conversación.

El gusto de compartir nuestros lugares

Escribo sobre O Cincuenta e Seis porque hay negocios que merecen que hablemos de ellos. Detrás de su carta, de cada botella y de la atención que recibimos están Antonio y Yolanda, con su trabajo y su manera de entender la hospitalidad.

En mi lista de sitios favoritos ocupa un lugar por la suma de todo eso: el bacalao, el cocido, las carnes, una bodega excepcional y el gusto de sentarse donde te tratan con afecto.

Si vais, os recomiendo reservar tiempo para disfrutar. Preguntad por la cocina, contadle a Antonio qué vinos os gustan y permitíos alguna sorpresa. Hay lugares que se conocen mejor cuando dejamos que quienes los cuidan nos enseñen sus tesoros.

Yo seguiré recomendándolo. Porque una buena mesa satisface el apetito; una casa que te recibe bien alimenta las ganas de volver.

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