Tener paciencia no es simplemente esperar. Esperar, al fin y al cabo, lo hacemos todos. La verdadera paciencia está en cómo vivimos ese tiempo mientras aquello que deseamos, necesitamos o esperamos todavía no llega.
Ser paciente es comprender que no todo ocurre cuando nosotros queremos. Hay cosas que necesitan tiempo: una decisión importante, un proyecto, una relación, recuperarse de un mal momento, aprender algo nuevo, conseguir un objetivo o simplemente encontrar nuestro lugar.
Pero vivimos en una época que nos ha acostumbrado a la inmediatez. Queremos respuestas ahora, resultados cuanto antes y soluciones rápidas. Si una página tarda unos segundos en cargar nos impacientamos; si alguien no responde enseguida a un mensaje empezamos a preguntarnos qué ocurre; si comenzamos algo nuevo queremos ver resultados casi inmediatamente.
Y la vida, por suerte o por desgracia, no funciona siempre así.
Hay momentos en los que podemos actuar y cambiar las cosas, pero también existen otros en los que lo único que podemos hacer es seguir trabajando, confiar y esperar.
La paciencia tampoco significa conformarse con todo. No consiste en soportar indefinidamente aquello que nos hace daño ni en permanecer inmóviles esperando que los problemas desaparezcan solos. Podemos tener paciencia y, al mismo tiempo, tomar decisiones, poner límites y continuar avanzando.
También necesitamos paciencia con las personas. Cada uno tiene su ritmo, sus circunstancias, sus preocupaciones y su manera de entender la vida. Escuchar antes de responder, intentar comprender antes de juzgar o conceder una segunda oportunidad son también formas de practicarla.
Y quizá una de las más difíciles sea tener paciencia con nosotros mismos.
Nos exigimos avanzar rápido, acertar siempre, superar enseguida los malos momentos y conseguir nuestros objetivos en los plazos que habíamos imaginado. Pero crecer, aprender, equivocarse, comenzar de nuevo y encontrar el camino adecuado lleva tiempo.
A veces pensamos que mientras esperamos no está ocurriendo nada. Sin embargo, muchas de las cosas importantes de la vida suceden precisamente durante esos periodos: aprendemos, cambiamos, maduramos y empezamos a mirar las cosas de otra manera.
Por eso tener paciencia no es perder el tiempo. Es entender que cada cosa tiene su momento y que no todo puede acelerarse. Porque algunas veces hay que luchar por conseguir lo que queremos. Otras veces hay que saber cambiar de camino. Y otras, simplemente, hay que tener la serenidad suficiente para esperar.
La paciencia no consiste únicamente en saber esperar, sino en saber vivir mientras esperamos.



