Tenemos más información que nunca, podemos expresar nuestra opinión públicamente y disfrutamos de libertades que hace unas generaciones parecían impensables.
Y, sin embargo, muchas veces tenemos la sensación de que cada vez aceptamos más cosas sin protestar.
¿Por qué?
Quizá una de las razones sea el miedo a perder lo que tenemos.
Una hipoteca, un alquiler, un trabajo, una familia que mantener o simplemente la incertidumbre sobre el futuro pueden hacer que una persona piense dos veces antes de enfrentarse a determinadas situaciones.
No siempre obedecemos porque estemos de acuerdo. A veces obedecemos porque las consecuencias de decir “no” nos parecen demasiado costosas.
También está el cansancio.
Vivimos pendientes del trabajo, las facturas, los mensajes, las noticias, las redes sociales y multitud de pequeñas obligaciones. Cuando llegamos al final del día agotados, resulta mucho más sencillo adaptarnos que cuestionarlo todo.
Porque cuestionar también requiere energía.
A esto se suma la enorme cantidad de distracciones que tenemos a nuestro alcance.
Nunca habíamos dispuesto de tantas posibilidades para entretenernos. Series, vídeos, redes sociales, videojuegos, deporte, música y contenidos prácticamente infinitos ocupan cualquier momento vacío.
El entretenimiento es necesario y forma parte de una buena vida. El problema aparece cuando no dejamos ningún espacio para detenernos, pensar y preguntarnos por qué las cosas funcionan de determinada manera.
También influye nuestra necesidad de pertenecer al grupo.
Nos gusta pensar que somos completamente independientes, pero la opinión de los demás nos importa. Queremos sentirnos aceptados por nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo y nuestra comunidad.
Y las redes sociales han multiplicado esa presión.
Una opinión puede recibir aprobación inmediata, pero también críticas, burlas o rechazo. Eso puede provocar que algunas personas terminen diciendo únicamente aquello que saben que será bien recibido por su propio entorno.
Entonces aparece una paradoja curiosa:
Tenemos más posibilidades de hablar que nunca, pero también podemos sentir más miedo a decir determinadas cosas.
Sin embargo, tampoco deberíamos idealizar el pasado.
Nuestros padres, abuelos y bisabuelos vivieron sociedades en las que la autoridad familiar, religiosa, laboral, política o social podía ser muchísimo más difícil de cuestionar.
Por eso quizá no seamos simplemente “más sumisos”.
Puede que hayan cambiado las formas de ejercer la presión.
Antes la obediencia podía imponerse directamente mediante la autoridad. Hoy muchas veces funciona de manera más sutil: miedo a quedarse fuera, precariedad, necesidad de aprobación, comodidad, saturación de información o dependencia económica.
Y aquí aparece una cuestión importante. Ser crítico no significa llevar siempre la contraria. Tampoco significa desconfiar de absolutamente todo.
Significa algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más difícil: Pensar antes de aceptar.
Preguntarnos por qué hacemos determinadas cosas, quién se beneficia de ellas, qué alternativas existen y si realmente estamos de acuerdo o simplemente seguimos la corriente.
Porque una sociedad libre no necesita que todo el mundo piense igual.
Necesita personas capaces de pensar por sí mismas, escuchar a quienes piensan diferente y tener el valor de decir “no” cuando consideran que algo no está bien.



